
"... una verdadera prueba de fuego de la pareja: destruye aquellas en las que falta amor, y consolida las demás". Tordjman
En las relaciones de pareja, una vez comprometidos, se ponen todos los sueños en pos de ser felices con la persona amada. Proyecciones como formar familia, con casa e hijos en común, suelen ser realizables bajo el alero de la confianza construida, donde cada uno siente conocer al otro ‘como la palma de su propia mano’.
Las crisis de pareja son inevitables y necesarias para la consolidación de la relación. Por lo general, estas crisis suelen aparecer en los primeros meses o años luego de establecerse juntos o declararse como ‘pareja estable’, cuando se cambia de la convivencia estrictamente social a la convivencia más íntima. Cada crisis aportará más conocimientos del ser amado y por lo general, una vez superadas, terminan por fortalecer el vínculo, estrechando lazos y dejando la sensación de conocerse un poco más. Estas crisis variarán de acuerdo a lo afianzado de la relación y van desde situaciones domésticas como las diferencias de hábitos hogareños hasta choques de caracteres entre familiares.
Dentro de las crisis de la pareja, una de las más graves es la infidelidad, pues conlleva a una serie de cuestionamientos morales y consecuencias devastadoras, tanto para el engañado como para el infiel. La infidelidad no es más que generar algún tipo de lazo afectivo o sexual con alguien por fuera del vínculo estable y al margen de los fuertes daños, por lo general suele verse como víctima al engañado, pero ¿cuanto hay de cierto en esto?.
Existen varios mitos urbanos con respecto a la infidelidad. Se dice que las mujeres son mejores infieles, al ser grandes guardadoras de sus propios secretos. Recuerdo haber escuchado de una mujer decir: ‘Aunque me pongan electricidad en los pezones, la respuesta será siempre NO’. Los hombres, por su parte, tienden a ser mas desordenados en cuanto a las relaciones paralelas y, a pesar de guardar silencio, su comportamiento cotidiano tiende a traicionarlos y la frase que más escuchamos es ‘Si me pillan… cago!’.
Quizás una de los momentos más dolorosas se concentra al momento de descubrirse la infidelidad. Quienes se sienten víctimas pueden revisar números telefónicos, oler ropas, auditar cuentas y hasta seguir a su pareja, pudiendo pasar meses y hasta años intentando recolectar información que permita sorprender in fraganti al cobarde traidor, sumergiéndose en un mar de especulaciones e investigaciones dignas de Sherlock Holmes. Una vez descubierto, no dudarán en averiguar nombres, direcciones e incluso contactar a la competencia para tan solo escuchar su voz o pedir explicaciones.
Después de descubierto el acto de infidelidad, quienes han traicionado optan por desechar la relación paralela para avocarse por entero a la relación estable, deshaciéndose en disculpas y procurando demostrar absoluta integridad, incluso, no faltará quien reclame perdón y se moleste por no obtenerlo. Quienes han sido engañados, ven su entorno destruido y su autoestima bajar a niveles deplorables, miran con odio y establecen un antes y un después en la personalidad de su pareja; sufren, pero son incapaces de ver en si mismo los errores cometidos que han llevado su relación a tal extremo. Por lo general la infidelidad marca el fin de la relación, pero para quienes optan por continuar ya nada será igual, quedarán con el trauma de haber sido engañados, será difícil perdonar y enrostrarán la infidelidad pasada en cada discusión compleja o ante cualquier indicio de alejamiento. Para quienes terminen la envenenada relación, les será difícil aún establecer una nueva sin cargar con los fantasmas de la anterior.
Visualicemos a las relaciones de pareja en el ámbito mercantil, donde nosotros somos clientes con necesidades que satisfacer y donde el resto de la gente son los productos que pueden o no saciar nuestras exigencias, transformándose así en potenciales parejas. Si de estas demandamos cariño, tiempo, sexo, cuidado, comunicación y reconocimiento, obteniendo solo las primeras cuatro, el resto será suplido por otros ‘productos’, probablemente amigos o familiares. Pero cuando no se recibe lo que se considera esencial en una pareja, como el sexo o el cariño, se buscará a alguien que llene aquellos vacíos, sin perjuicio del amor que se sienta hacia la pareja estable. Lo anterior pone en aprietos a quienes se sienten víctimas de la traición de sus acompañantes, pues serían estos quienes no entregan lo necesario para que la relación fructifique.
Dentro de la relación de pareja debemos ser buenos ofertadores y demandantes claros, exigir calidad en los ‘productos’ y proveer de los mismos en forma objetiva. Verbalizar nuestros requerimientos a fin de definir nuestras carencias, generar confianza, ser presencia presente. Una vez más será la comunicación lo que nos llevará a la felicidad plena y queda claro que el amor no basta para ser fiel.