viernes, junio 26, 2009

Síndrome de Michael Jackson

Su piel pasó de la oscuridad a la luz, contrariamente a lo que sucedió con su vida personal de adulto, al menos públicamente. Es extraño que millones de personas hoy lloren dolorosamente la partida de quien fuera acusado de mantener relaciones sexuales con menores de edad y posteriormente verbalizara en un documental el placer que le provocaba el compartir la cama con niños, a quien haya asomado torpemente a su hijo de apenas unos días de nacido en la ventana de un edificio, haya deformado su rostro a niveles esquizoides y declarado fanático del personaje de cuentos infantiles cuyo nombre es el mismo de la patología psiquiátrica que él padecía.

Es que quizás todo se deba a que nacimos viéndolo y escuchándolo y eso se enquistó en nuestro cerebro a modo de costumbre. Así mismo, Todo lo malo, extraño, dañino o distinto puede llegar a asumirse y justificarse en forma proporcional al tiempo que ha estado cerca nuestro.

A la distancia lo sentimos tan cerca que fuimos niños jugando con su música, con sus pasos de baile robóticos y gritos repetidos hasta el hastío en cada una de sus apariciones. Como niños, adorábamos verlo caracterizado de zombi a pesar de las pesadillas que nos provocaba. Nos sentimos malos y rudos, fuertes, viéndolo retar a duelo de baile a las pandillas enemigas o como gangster salvador de niños a pesar de su andrógina apariencia que cada día se volvía más y más femenina. Avalamos su ‘heterosexualidad con adultos’ por un tosco y torpe beso con la Imán, mientras su rostro luchaba cada vez más por parecerse al de la Ross. Sentimos el romanticismo fluir cuando apareció con la Presley como esposa al son de una balada suave y ligera, a pesar de verse como dos hermanitas maquilladas y en topless. Y así crecimos, cambiamos, maduramos y cada cierto tiempo una imagen de él aparecía para quedarse por un tiempo y mantener la costumbre en nuestro cerebro invitándonos a jugar como niños otra vez. También nosotros lo vimos crecer, madurar, formarse y… deformarse.

Quizás se trate de una alma pura o un demonio de cuerpo mutable. Puede que sea la magia inocente de un niño hombre que sólo quería despertar lo pueril en nosotros o el hechizo maléfico de mensajes subliminales que en imágenes pretendía seducirnos como en una secta. Talvez su infancia llena de traumas y frustraciones lo llenaron de obsesiones y lo empujaron a darle protección y acogida a niños desamparados para que no vivieran lo que él vivió y se malentendió o viceversa. Sea como fuere, todos fuimos una sola voz para cantar convencidos de que éramos los niños, que éramos el mundo o para salvar al planeta y vivir en un mejor lugar.

Después de todo, que tres generaciones lloren su partida no sea tan extraño. Toda rutina genera inevitablemente una silenciosa mezcla de necesidad y dependencia que sólo se hace presente al momento que la causa desaparece y es justamente lo que ha sucedido hoy. A partir de ahora tendremos que acostumbrarnos a la aparición de fotografías que de estar vivo no se habrían divulgado, más de alguna lo mostrará en su intimidad más común, otras en la más tórrida y no faltarán las de su propia muerte. Proliferarán las historias contadas por sus cercanos cuyos escabrosos detalles serán piezas en un puzzle que, de armarse, terminaría siendo tanto o más deforme que el propio dueño. Infinidad de montajes fotográficos esparcidos como pandemia por la web y correos electrónicos, ridiculizándolo o alabándolo, mientras millones de personas en el mundo entero comenzarán a preguntarse: y ahora dónde jugaran los niños…

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