lunes, marzo 26, 2007

Se Vende, Permuta o Regala


Cuerpo, año 1975, con solo 7 de uso verdadero y completo. Modelo antiguo con todas sus partes originales. Musculatura normal, grasa abdominal propia de la edad y de la falta de ejercicio, piernas fuertes y manos nobles. Boca generosa de palabras, de labios gruesos y con sonrisas a menudo falsas para el resto, pero siempre honestas. De voz pausada, tono bajo, con acento extraño y algo tartamudo. Ojos potentes que han visto dolor, sangre y un adiós tan abrupto que los ha dejado sin lágrimas. Dedos largos que ansían tocar y piel que se activa al menor contacto, incluso en sueños… sobre todo en sueños. Madurado en forma natural y agolpes de vida, presenta marcas en su superficie atribuibles a una infancia inquieta y a una que otra depresión juvenil. A pesar del poco uso, se encuentra fatigado de tanto permanecer estático.

Mente abierta y a veces amplia. Desmemoriada a ratos, pensante en otros y divagante siempre. Lúcida a golpes de demencia temporal, pasajera y pasada, en conjunto con un par de sesiones de psicoterapia. Con el disco duro semi formateado. De raccontos casi inexistentes, pero plagada de flashbacks que dan cuenta de dolor, sangre y un adiós tan abrupto que se han vuelto recuerdos tartamudos. A pesar de su alto uso, siempre esta dispuesta a sorprenderse al suceso más simple y al pensamiento más básico, incluso en sueños… sobre todo en sueños.

Alma solitaria cansada de esperar y espectante de vida. Soñadora de sueños inalcanzables y con deseos de desear. De alas grandes y libertades coartadas. Destrozada hace 2 años por el dolor, la sangre y un adiós tan abrupto que ha sido necesario el total alejamiento para su completa reconstrucción. Afortunadamente, gracias a su único uso, es capaz de enamorarse al menor abrazo y a la primera sonrisa, incluso en sueños… sobre todo en sueños. Hoy se encuentra remendada y cicatrizada, dispuesta a dar y recibir, aunque se trate solo de una alma de segunda mano.


Interesad@s, favor dirigirse al autor, por cualquier vía.

martes, marzo 20, 2007

NeoViejos


‘Cambia, todo cambia’, reza la canción de Julio Numhauser y al margen de lo romántico de su verso, cada una de las afirmaciones que esta expresa puede hacerse extensiva a la totalidad de las situaciones de nuestra vida presente, pasada y las que vendrán.

Los modelos de automóviles se modernizan junto con las medidas de seguridad implementadas en estos. Las enfermedades van mutando al tiempo que evolucionan los remedios creados para palearlas o eliminarlas. Antes fue el machismo, luego el feminismo y ahora la igualdad. Al tango doloroso de Gardel le siguió la estridencia de los Rolling Stones, actualmente desplazada por completo por el reggeatón y sus febriles movimientos. Las pastas dejaron en el olvido a los porotos y ahora?, pues el Sushi.

La lista es larga o más bien interminable. Ya sea en modas, actitudes, conceptos o información, cualquier cosa o situación imaginable está sujeta a cambios evolutivos. Un intento más, en orden temporal de pasado a presente:

Cartas, Telegramas, Correos electrónicos.
Inteligencia, Coeficiente intelectual, Inteligencia emocional.
Oro, Platino, Titanio.
Tongolele, Marilin Monroe, Shakira.
Pena, Depresión, Esquizofrenia.
Cristo venerado por María Magdalena, Cristo casado con María Magdalena, Cristo con descendencia de María Magdalena.
Sexo con luz apagada, Látigos y cueros, Sexo grupal.
Señales de humo, Teléfonos, Internet.
Cremas, Cirugías estéticas, Botox.
‘Te amo‘, ‘Hasta que la muerte nos separe’, ‘Vete a la mierda!’.

Si bien es cierto las evoluciones son una parte normal y propia del ser humano y su entorno, muchas de ellas son imperceptibles como los cambios en los polos magnéticos de la tierra. Otras, por su parte, tardan menos tiempo en notarse y lejos de maravillar, generan en más de alguno una sensación de curiosidad mezclada con burlonas sonrisas y en otros, simplemente susto. Una de ellas y quizás la más inquietante de todas es la que tiene relación con los cambios generacionales, no a nivel juvenil, ya que a estas alturas ya es imposible saber qué vendrá después de los pantalones a media raja, tatuajes y piercings hasta en la lengua; más bien tiene relación con la ancianidad y sus sorprendentes diferencias tras cada generación.

Hasta ahora guardamos en la consciencia la imagen de la abuelita de 60 años, regordeta y de mejillas sonrojadas que preparaba exquisitos dulces para sus nietos al son de las engoladas voces de los tangos que salían de las radios de dial manual en AM y cuyas letras eran imperceptibles. Los domingos le rezaban a un Cristo perfecto presente sólo en las iglesias y en sus mesitas de noche, mismas en las que guardaban los muchos frascos de cremas faciales utilizadas a diario con un fin específico, pero siempre sin resultados reales. Estaban casadas literalmente hasta la muerte con sus esposos, aunque más por costumbre que por amor, dormían en camas separadas y el sexo simplemente no existía. A su vez, sus maridos vestían pantalones por sobre la cintura y sujetados por suspensores. Bajo los colchones guardaban el dinero que servía de ahorro o para alguna emergencia. Contaban una y mil historias de una y mil vivencias, una y mil veces al ritmo de un juego de cartas con los camaradas.

Hoy por hoy, es posible encontrar a los nuevos abuelos emerger cargados de experiencias nuevas. Resulta fácil encontrar mujeres y hombres sobre los 60 años que se resignan a ser catalogadas de ancianos y lo demuestran vistiendo a la moda, saliendo con sus amistades a comer sushi, a bailar o a algún recital de Alejandro Sanz. Tienen sexo sin mayores inconvenientes aunque sea con ayuda de algún agente externo que potencie o simplemente active sus órganos. Cambiaron las cremas por las cirugías estéticas, escuchan rock en sus aparatos de música modernos. Hacen videoconferencias con sus nietos y manejan su dinero con instrumentos financieros que les permiten viajar por el mundo. Muchos de ellos están separados, no mantienen una relación sin amor y se permiten siempre una segunda o tercera oportunidad, con distintas personas obviamente.

Para nadie es un misterio, el tiempo pasa y a pesar de su relatividad deja huellas imborrables en nuestro cuerpo, mente y alma. La forma en que mostramos tales marcas hacen la diferencia entre ser viejo y parecerlo o sentirse joven y querer parecerlo.

Es difícil imaginar el curso de la vida sin evolución. La pregunta en este caso parece ser obvia, si los ancianos de hoy son el reflejo de lo que fueron en su juventud, ¿Qué tipo de abuelos son los que emergerán de los jóvenes de hoy?. Es solo cosa de tiempo para que la nueva camada de ‘viejos reggeatoneros’ con aros y tatuajes deformados, lenguaje en códigos, amantes del Internet y la comida chatarra, con los pantalones bajo la cadera, colaless, ateos e irreverentes comiencen a mostrarse. Lamentablemente ni usted ni yo estaremos vivos para presenciarlo.

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jueves, marzo 08, 2007

Carne de Identidad



En los 80s, quienes pasábamos por la adolescencia seguíamos la moda al pie de la letra. La ropa amasada y de colores fluorescentes junto con los cortes de cabello espeluznantes, nos daban la seguridad necesaria para desenvolvernos socialmente, pero hacían de nuestra apariencia una copia exacta de la del resto, era fácil de este modo tocarle el hombro a alguien para luego descubrir que no era quien nosotros pensábamos.

Hoy por hoy, la búsqueda de la propia identidad en cuanto a imagen y la proyección de esta se han vuelto una necesidad. Ahora que los estrictos patrones de la moda se han roto, dando paso a la libertad en el vestir y el actuar, nuestras acciones, deseos y estados de ánimo se reflejan mayormente en nuestra ropa y principalmente en nuestro rostro. Esto lo han entendido bien los nuevos jóvenes, quienes hacen de su presentación personal una obra de arte que proyecta todo su interior, así es posible intuir fácilmente lo que sienten y piensan, entre ellos se reconocen y agrupan dando paso a lo que llamamos ’tribus urbanas’.

Extrañamente, hoy en nuestros 30s, aún habiéndonos liberado de las ataduras de la imagen en serie de los 80s y teniendo la invaluable posibilidad de reflejar nuestro sentir en la manera que nos presentamos estéticamente al exterior, parecemos obstinados en esconder nuestra real personalidad tras capas de maquillaje en las mujeres y ropa color pastel en los hombres (que en ambos casos no varía según el estado de ánimo, pues siempre es el mismo), lentes de contacto que esconden el real color de nuestra alma, lentes de sol que cada vez son más grandes y de plano obstruyen por completo el acceso a nuestra mirada y si a esto le sumamos la creciente cantidad de cirugías plásticas realizadas al rostro, continúa siendo fácil el tocarle el hombro a un dulce rostro pretendiendo recibir una sonrisa, esta vez obteniendo de vuelta solo una mordida, pues cara y personalidad no se condicen.

Afortunadamente aún podemos encontrar una correcta consecuencia entre lo físico y lo mental, algo que nos hace exteriorizar nuestra forma de ser y permite identificarnos y ser reconocidos, pues en nuestro cuerpo existe un elemento común que, a pesar de permanecer cubierto, refleja nuestra real personalidad. Una simple mirada de no más de 2 segundos basta para saber en frente de quién nos encontramos. Señoras y señores… El Culo!

El culo ha formado parte importantísima en cuanto a nuestro desarrollo psicológico. La primera palmada recibida al nacer es precisamente en esa zona del cuerpo y ayuda a demostrar la potencia del llanto y en definitiva a ver la capacidad de reacción del bebé. Siendo niños, el mejor castigo es un suave golpe en le trasero. Más adelante un pequeño pellizco puede ser señal de coqueteo o un insulto. Es así como nuestra parte trasera ha sido trascendental en nuestra vida, es allí donde depositamos nuestro cuerpo al momento de trabajar, de comer, viajar, ver una película o leer.

Ya sea en abundancia o en mínima presencia, el culo posee la gran cualidad de ser único para cada uno de los individuos. No existen dos iguales, lo que lo hace ser un elemento importante a la hora de reconocer a alguien, tanto como la huella digital y lo que otrora era el rostro. Es así como uno prominente denota generosidad y simpleza, uno pequeño da signos de una personalidad huraña y esquiva. Los turgentes entregan información de un ser egocéntrico y los fofos dan cuenta de un alma sedentaria.

Conforme pasan los años y vamos madurando, los cambios en nuestra personalidad van siendo reflejadas en nuestro culo. De esta manera nadie se escapa y es fácil generar patrones conforme miramos el trasero de alguien y los detalles como las estrías, arrugas, contornos, vellos, color y porque no decirlo, los olores, son importantes para crear una idea completa de aquella persona con la que interactuamos, aunque para ellos sea necesario un grado mayor de intimidad.

El rostro ha dejado de ser el elemento clave de nuestra identificación al estar sobrecargado de elementos distractores. Es hora de tocar el culo en vez del hombro para así recibir una respuesta honesta y conforme al real ser. Le invito a descubrir, a mirar y tocar, la carne de nuestra identidad.



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