
Es cierto que todos guardamos alguna pena pequeña o grande en nuestro corazón, lamentablemente, tarde o temprano, esa tristeza se encaja en nuestro cerebro y comienza el dilema de intentar racionalizar nuestros sentimientos, cuestionándonos todo cuanto podemos.
Ya sea a causa de un amor, de la falta de este, el trabajo, de la fragilidad de nuestra salud o la de nuestros seres queridos, siempre hay algo que aletarga nuestros pasos y humedece nuestros ojos haciendo difícil el tránsito por la actual existencia. Así mismo, es imposible tan solo intentar abstraernos de ello y es fácil encontrar gente que se sorprenda de lo que para ellos no es más que un simple problemita, esto hace que callemos nuestro sentir y lo internemos en lo más profundo de nuestro ser, con el fin de no ser víctimas de los prejuicios externos con disfraz de ‘Te lo dije’ o ‘No es para tanto’.
Los expertos coinciden en que es mejor exteriorizar nuestros males a fin de desahogarse, mientras más se hable de ellos el problema irá mutando hasta hacerse mínimo o al menos hasta encontrarles sentido, pero todos sabemos que hoy en día no se nos está permitido llorar. Si lo haces con tus amigos más cercanos ellos te escucharán y confortarán, pero el efecto protector no durará mucho y luego de un tiempo les verás torcer la boca y fruncir el ceño en señal de hastío, producto del repetitivo lamento que para ellos sonará monótono. Con nuestra familia es aún peor, es imposible verbalizar nuestros males con ellos, pues nos causa dolor el pensar que les podemos hacer daño involucrándolos en nuestro sentir. En el trabajo, ni hablar, es bien sabido eso de no mezclar lo laboral con lo personal, quien lo haga verá sumado a sus penas otra más, la cesantía. Hasta ahora todo va mal, si el mundo entero carga con tristezas, a quien confiarles las nuestras?,
Un psicólogo es el personaje idóneo para soportarnos, pero si lo miras bien, no es más que un hombro de alquiler. Cada palabra que le digas será registrada en una cinta o en una libreta de anotaciones que ayudará para, en la próxima cita, situarse en la misma postura como si el tiempo no hubiese pasado desde que le lloraste por última vez, en un acto de hipocresía comparado con la continuidad que deben manejar quienes producen películas.
Una última posibilidad es acercarse a una iglesia y sentarse a sollozar en un rincón, esto ayudaría, de no ser por que al minuto aparecerá alguien con cara de ángel que te extenderá la mano y te prestará un oído mientras con el otro escuchará a sus propios demonios urdiendo el plan perfecto para poder agregar una alma más a su secta, para ellos no serás mas que un adherente más, al que le salvaron la vida y ahora debe pagar con su presencia cada domingo, participación activa en todas las acciones de la entidad, bautismo, control mensual a base de confesiones, visitas a hogares para ‘cazar’ más almas, lecturas bíblicas, diezmo, etc…
Si he logrado sacarte una sonrisa la cosa no está tan mal. Quizás sea necesario solo focalizarse en lo que nos aqueja y cortar de raíz lo que entorpece el camino; Recordar que no somos lo únicos que tenemos una pena y que después de la tormenta viene la calma a pesar de lo tempestuoso del momento. Por lo pronto me ofrezco para oírte, protegerte y reconfortarte, pues he entendido que la forma de liberarme de mi propio dolor es comprendiendo el del resto. Eso si, sin cobros de ningún tipo ni muecas.
Eres importante para ti y para quienes te rodean, hay un mundo allá afuera y está esperando por tu presencia. No esperes a que esa pena se encaje en tu cerebro.