
Desde tiempos inmemoriales, trabajar ha sido parte importante en nuestras vidas tendiente a satisfacer nuestras necesidades. Conforme han pasado los años y con ayuda de la bendita publicidad, estas necesidades han ido en aumento exponencial y a las básicas se les ha agregado un sinnúmero de otras que exigen un mayor esfuerzo en términos de tiempo y dinero. Ya no basta con vestirse, comer y tener donde vivir, hay que ir por lo mejor. Esto ha transformando nuestra existencia, llevándola de un ‘trabajar para vivir’ a un ’vivir para trabajar’ y con ello hemos desarrollado una exquisita vida paralela, llena de hermosos conceptos como metas de producción, evaluación de desempeño, clima laboral, etc.
Nuestra vida personal está llena de personas de actitudes reconocidas y hasta cierto punto predecibles, los amigos y la pareja son de propia elección, la familia está con nosotros desde nuestros inicios y todos ellos entregan espacios seguros que solo se ven truncados por el azar. Las personas que vienen en el paquete laboral son francamente difícil de manejar, encontramos en ellas algo más parecido a los ‘Pitufos’ en cuanto a caracteres, un zoológico humano impuesto, que hace de nuestra vida paralela un campo minado donde caminar se convierte en toda una aventura impredecible.
Ya sean jefaturas, colegas o subordinados, es imposible no encontrar en ellos, a toda la fauna humana existente condensada. Aquí encontramos a la fea que se siente linda y se viste pomposamente intentando reflejar la finura que no posee; El ‘sabelotodo’, al que es imposible rebatir cualquier cosa, aunque esté en un error; La que se equivoca en cada procedimiento y aún así es perdonada por contar con la venia de los jefes; La que se siente inamovible y parte del inventario de la compañía por llevar mas de 15 años trabajando en ella. El que lleva sus problemas personales al trabajo y contagia con su humor voluble; La que escucha con empatía, para después hacer uso de aquella información secreta a modo de cotilleo; La que trabaja sin necesidad de hacerlo y lo verbaliza a cada instante; El de dudosa sexualidad; El que siempre está feliz; La que siempre sufre, etc… La plantilla se repite aún cuando cambiemos de trabajo, aunque con otros nombres, estaturas, edades, géneros e historias personales.
En cuanto al trabajo mismo, más de alguno pensará que basta con desempeñarse en tareas de gusto personal en un lugar de propio agrado, pero en países como los nuestros, en que la vocación ha sido anulada por el insaciable amor al dinero, esto parece imposible. Cada uno hace lo que puede y no lo que quiere o estudia lo más rentable aun cuando no se tengan las aptitudes requeridas. Es fácil de este modo encontrarse con guardias de seguridad de metro y medio de estatura, profesores tartamudos, niñeras con malos hábitos, médicos que someten a cirugías innecesarias, etc. Las empresas o los empleadores son en esto grandes culpables al permitir este desorden, claramente un guardia de banco, de dos metros de estatura sería más costoso. Este tipo de contrataciones les permiten un ahorro considerable en cuanto a sueldos, desvirtuando con ello el fantástico, real y complejo concepto de meritocracia, relegándolo tan solo a nivel de metas de producción.
Es de potestad personal el hacer de nuestro trabajo un placer o un tormento. Con mucho criterio, vocación y entendiendo que no debemos pasar la vida trabajando duro para después retirarnos en nuestra vejez a curar las enfermedades que ganamos en nuestro período de utilidad laboral, lograremos que el trabajar no sea un indigno y necesario suplicio y asi… Cresta!!!! Viene mi jefe!!!, mejor cierro esto antes de que me pille!!!.