
Placer… Esa exquisita sensación de bienestar pleno, producto de algún hecho fortuito o planificado, que nos produce alegría y satisfacción, nos aturde y nos sume en un estado de semiinconsciencia, dejándonos vulnerables a todo cuanto nos rodea.
Comer un chocolate a media tarde, dejarlo fundirse en nuestro paladar, mientras saboreamos lo cremoso de su textura, hace que el placer esté presente en cada bocado. Los hay almendrados, aireados, rellenos, extremadamente dulces o amargos. Por lo general comenzamos con trozos pequeños de una barra grande, casi sin darnos cuenta y en menos tiempo de lo planificado, terminamos por hacerla desaparecer completamente, de seguro llevados por la sensación de felicidad que nos provee. Hay quienes describen este estado como único y más de alguno que prefiere disfrutarlo en solitario.
Deleitarse con un buen vino no es sinónimo de bolsillos abultados. Ya sea en soledad o en compañía, al descorchar un vino se abre paso al goce que, sorbo a sorbo, va entregando infinidad de sabores dulces y amargos, frutosos y maderosos, de los cuales se dan nociones en la contraetiqueta del envase y cuyo descubrimiento se convierte en todo un desafío. La práctica hace al maestro y quienes saben degustarlo han entendido que el placer es líquido y viene embotellado.
‘Fumar es un placer’, ya lo dice el tango eterno. Independiente de la opinión de los no fumadores, quienes sí gustan de un buen cigarrillo después del trabajo, al son de un café y con amigos, saben que el placer que cada bocanada de humo entrega hace que el fin de la jornada parezca menos tensa. Definitivamente se trata de ‘Un placer sensual’.
Hoy por hoy, hombres y mujeres disfrutan del placer que entrega el ir de compras. Cuando se trata de abstraerse de una pena o de liberar tensiones, nada mejor que autocomplacerse regalándose algún perfume, un par de zapatos, un disco, una prenda de vestir o algún aparato computacional. Tanto mejor si se pide envuelto en papel de regalo, para después abrirlo a tirones en casa y dejarse maravillar con la nueva adquisición, como si se tratase de una sorpresa.
Quizás una de las fuentes primarias, instintivas y universales, generadoras de inagotable placer es el sexo. Entre las sábanas y fuera de ellas, el goce se despierta al compás de las caricias. La fórmula es simple, dos cuerpos, complicidad, algo de química y feromonas dispuestas a ser reconocidas y aceptadas, abren paso a los besos y el sudor. La aceptación de ambas partes da rienda suelta a los gemidos y a los movimientos acompasados, cuya técnica puede variar, pero siempre despierta el placer a borbotones, antes, durante y después del orgasmo. Nuestra piel está diseñada para sentir y nuestro cerebro recibe las señales aún estando con los ojos vendados. Hay a quienes les resulta placentero el entregar placer y llegan al clímax tan solo con saber que satisfacen a su pareja, otros en cambio, buscan el gozo a través de su propio sentir. La fórmula resulta aún estando solos, la masturbación provee de sensaciones hechas a la medida, donde el ritmo y el tiempo son manejadas a nuestro antojo y el descubrirse lleva al conocimiento de nuestro cuerpo y sus puntos erógenos.
Cosas tan comunes como los chocolates, el vino, el fumar, las compras y el sexo pueden hacer nuestra vida más simple, despertando en nosotros sentimientos que nos pueden llevar a la gloria.
Más allá de lo placentero, debemos estar conscientes de que todo efecto de goce derivado de un acto que no se encuentre sustentado en bases sólidas de armonía interior, tiende a desaparecer con mayor rapidez conforme pasa el tiempo y hacemos uso de estos ‘parches’ de felicidad y, por consiguiente, pueden llevarnos a caer en una adicción.
El chocolate nos regalará tardes de placer y con ellas iremos directo a la obesidad; El vino nos deleitará con sus aromas y sabores, al mismo tiempo que será la antesala al alcoholismo; Bocanadas de humo de tabaco serán siempre sensuales en la misma medida que crearán dependencia; Nuestros propios regalos nos traerán alegrías y más de alguna manía compulsiva; Las artes amatorias nos llenarán de orgasmos, pero una vez que el kamasutra se agote, nuestros cuerpos pedirán más y no habrá quién nos detenga.
La búsqueda de la satisfacción personal utilizando el placer como mero instrumento de felicidad fácil y rápida parece no tener sentido sin autocontrol. Este último podría ser la clave para no caer en espejismos de desaparición progresiva e inminente.
Cabe preguntarse, ¿Somos nosotros quienes cargamos culpas por sentir placer?, o ¿Es el placer culpable?