
El ser humano basa sus decisiones, comportamientos y su vida en general en las certezas, sin ellas la sensación de inseguridad es comparable al de caminar en la oscuridad por un terreno desconocido y con las manos atadas.
Ante una situación desconocida, cuando esas certezas no existen, el cerebro tiende a crear una realidad en base a elementos ya conocidos para así disminuir la incertidumbre y permitirnos encontrar respuestas lógicas que nos ayuden a descifrar el acertijo que se nos presenta, algo similar a lo que realiza el organismo frente a una herida al liberar endorfinas como anestésico natural o adrenalina que nos prepara para huir ante el peligro repentino.
Imaginémonos estando solos en casa y sintiendo ruidos inusuales, será fácil para nuestro cerebro crear una excusa a estos hechos afirmando que la casa es vieja y cruje o que el viento genera tales sonidos.
Así mismo, ante un determinado hecho inexplicable existen innumerables interpretaciones como personas en el mundo, pues las experiencias vividas por cada uno de los espectadores son distintas independiente de la cercanía de unos con otros y estas varían incluso si las personas tienen la misma edad, condición sexual y social. En el caso de las personas que carecen de algún sentido como el de la vista, crearán un universo propio lleno de interpretaciones, percepciones y certezas adecuadas a su situación particular.
Las cosas simples y explicables no se escapan, frente a la imagen de un vaso con agua y a la única pregunta de ¿Qué ves?, las respuestas podrán ser similares, pero nunca las mismas. Algo parecido sucederá ante el estímulo de una caja cerrada y bajo la pregunta de ¿Qué hay en su interior?
Tomando en cuenta lo anterior y entendiendo que nuestra historia sensorial juega un rol importante en la comprensión de nuestro entorno y sus acontecimientos, ¿Qué sucede si nos encontramos ante un hecho cuyo origen o desarrollo es imposible de explicar?
La historia universal esta llena de este tipo de eventos. Hace un poco más de 500 años, tres carabelas llegaban a tierras desconocidas cargadas de hombres dispuestos a derribar la realidad existente con respecto a que la tierra era plana. Al tocar las costas, desembarcaron para descubrir que estas se encontraban llenas de aborígenes. Pensemos por un momento en lo que vieron estos originarios… Ellos mantenían una civilización organizada, lo que habla de una inteligencia desarrollada, pero ¿Cómo pudieron explicar lo que veían si no tenían experiencia alguna que así lo hiciera?.
Osados estudios de psicología plantean que, a pesar de encontrarse los barcos presentes, los indígenas no los veían y se necesitaron días e incluso semanas para visualizar los armatostes, luego de que pudiesen generar la experiencia necesaria en sus cerebros que les ayudara a entender lo que jamás antes se había presentado en su entorno de ninguna otra forma similar.
De ser así, estamos frente a una tesis que deja abierta la posibilidad de que existan situaciones que jamás nadie ha experimentado antes y que, por lo mismo, no se han materializado aún. Pretender que controlamos todo nuestro entorno o que tenemos respuesta para todo es un error. Si vivimos durante milenios asegurando que el planeta tenia forma de plano, ¿Qué nos hace sentir con la seguridad de que tan solo 500 años de redondez son ciertas?
Después de todo basta con mantener la caja cerrada y nunca abrirla, para entender que su contenido puede no existir.