
En los 80s, quienes pasábamos por la adolescencia seguíamos la moda al pie de la letra. La ropa amasada y de colores fluorescentes junto con los cortes de cabello espeluznantes, nos daban la seguridad necesaria para desenvolvernos socialmente, pero hacían de nuestra apariencia una copia exacta de la del resto, era fácil de este modo tocarle el hombro a alguien para luego descubrir que no era quien nosotros pensábamos.
Hoy por hoy, la búsqueda de la propia identidad en cuanto a imagen y la proyección de esta se han vuelto una necesidad. Ahora que los estrictos patrones de la moda se han roto, dando paso a la libertad en el vestir y el actuar, nuestras acciones, deseos y estados de ánimo se reflejan mayormente en nuestra ropa y principalmente en nuestro rostro. Esto lo han entendido bien los nuevos jóvenes, quienes hacen de su presentación personal una obra de arte que proyecta todo su interior, así es posible intuir fácilmente lo que sienten y piensan, entre ellos se reconocen y agrupan dando paso a lo que llamamos ’tribus urbanas’.
Extrañamente, hoy en nuestros 30s, aún habiéndonos liberado de las ataduras de la imagen en serie de los 80s y teniendo la invaluable posibilidad de reflejar nuestro sentir en la manera que nos presentamos estéticamente al exterior, parecemos obstinados en esconder nuestra real personalidad tras capas de maquillaje en las mujeres y ropa color pastel en los hombres (que en ambos casos no varía según el estado de ánimo, pues siempre es el mismo), lentes de contacto que esconden el real color de nuestra alma, lentes de sol que cada vez son más grandes y de plano obstruyen por completo el acceso a nuestra mirada y si a esto le sumamos la creciente cantidad de cirugías plásticas realizadas al rostro, continúa siendo fácil el tocarle el hombro a un dulce rostro pretendiendo recibir una sonrisa, esta vez obteniendo de vuelta solo una mordida, pues cara y personalidad no se condicen.
Afortunadamente aún podemos encontrar una correcta consecuencia entre lo físico y lo mental, algo que nos hace exteriorizar nuestra forma de ser y permite identificarnos y ser reconocidos, pues en nuestro cuerpo existe un elemento común que, a pesar de permanecer cubierto, refleja nuestra real personalidad. Una simple mirada de no más de 2 segundos basta para saber en frente de quién nos encontramos. Señoras y señores… El Culo!
El culo ha formado parte importantísima en cuanto a nuestro desarrollo psicológico. La primera palmada recibida al nacer es precisamente en esa zona del cuerpo y ayuda a demostrar la potencia del llanto y en definitiva a ver la capacidad de reacción del bebé. Siendo niños, el mejor castigo es un suave golpe en le trasero. Más adelante un pequeño pellizco puede ser señal de coqueteo o un insulto. Es así como nuestra parte trasera ha sido trascendental en nuestra vida, es allí donde depositamos nuestro cuerpo al momento de trabajar, de comer, viajar, ver una película o leer.
Ya sea en abundancia o en mínima presencia, el culo posee la gran cualidad de ser único para cada uno de los individuos. No existen dos iguales, lo que lo hace ser un elemento importante a la hora de reconocer a alguien, tanto como la huella digital y lo que otrora era el rostro. Es así como uno prominente denota generosidad y simpleza, uno pequeño da signos de una personalidad huraña y esquiva. Los turgentes entregan información de un ser egocéntrico y los fofos dan cuenta de un alma sedentaria.
Conforme pasan los años y vamos madurando, los cambios en nuestra personalidad van siendo reflejadas en nuestro culo. De esta manera nadie se escapa y es fácil generar patrones conforme miramos el trasero de alguien y los detalles como las estrías, arrugas, contornos, vellos, color y porque no decirlo, los olores, son importantes para crear una idea completa de aquella persona con la que interactuamos, aunque para ellos sea necesario un grado mayor de intimidad.
El rostro ha dejado de ser el elemento clave de nuestra identificación al estar sobrecargado de elementos distractores. Es hora de tocar el culo en vez del hombro para así recibir una respuesta honesta y conforme al real ser. Le invito a descubrir, a mirar y tocar, la carne de nuestra identidad.