
Es claro que la forma en que vivimos nuestra niñez será clave para definir nuestro sentir y pensar de adultos. El problema esta en que siendo niños, estamos imposibilitados de forjarnos a nosotros mismos y todo lo que seremos estará dado por lo que nos muestren nuestros padres.
Nací el año 1975 y de mi infancia guardo pocas imágenes. Me recuerdo sentado en las piernas de mi tía, leyéndole un cuento de Topo Gigio a la edad de 4 años, jugando con mis hermanos y primos armando carros con maderas, puentes y ciudades con barro.
Recuerdo las humillaciones de mi padre.
Recuerdo que fuimos muy pobres, a tal extremo, que una anciana que vivía a dos casas de la nuestra, a diario nos regalaba rosquillas hechas por ella, con azúcar impalpable, justas para tomar té en la tarde. Una bolsa de té bastaba para todos y, para endulzarlo?, bueno, la azúcar que sobraba de las rosquillas. A veces, a falta de pan, mi madre se conseguía no se como, un poco de harina y nos preparaba sopaipillas secas. Nunca nos faltó comida, pero era escasa.
En aquellos años, cada Octubre y cada Febrero, nos preparábamos para trabajar en familia. En Octubre mis padres compraban metros y metros de plásticos multicolores, alambre, papel color verde y fabricábamos flores artificiales cortando el plástico en círculos para después tomarlo de las orillas y estirarlo un poco para asemejar los pétalos de las flores que, luego de armadas, se vendían a bajo precio en el cementerio local, recuerdo la soledad de las tumbas que recorríamos, las manos adoloridas de mi madre de tanto estirar y los gritos de mi padre, quien solo recibía el dinero. En marzo la historia era similar, metros y metros de plástico transparente, una plastificadora y fabricábamos empastes para los libros de clases de las escuelas y liceos de la ciudad, las que recorríamos a pié, para ahorrar. Recuerdo los pies adoloridos, el cansancio de mi madre y los gritos de mi padre, quien solo recibía el dinero. Las ganancias iban directamente a costear los regalos navideños y los uniformes y artículos escolares, respectivamente.
Mi padre trabajaba pintando letreros camineros. En el tiempo en la computación no existía, la brocha y la pintura eran claves en la publicidad. Siempre lo acompañé, obligadamente. En una motoneta Vespa o Lambreta, recorríamos la ciudad hasta llegar a la desolada zona en la que se encontraba el gigantesco letrero y a son de gritos y golpes, mi padre lograba que yo hiciese exactamente lo que él deseaba. Es que de niño, siempre fui medio bruto. En ocasiones los trabajos de mi padre demandaban mi presencia por completo durante todo el verano. Debíamos pintar enormes armatostes de fierro fabricados especialmente para las mineras. Pintarlos era todo un suplicio, los anticorrosivos eran extremadamente fuertes y los hedores calcinantes de las pinturas me ahogaban y enrojecían mis ojos. Nunca usé protección, no porque no quisiera, si no porque no sabía que existían y mi padre jamás se preocupó de ello. Supongo que eso exacerbó lo bruto en mí.
Recuerdo las golpizas de mi madre.
Recuerdo que romper un huevo, quebrar un vaso, era digno de una furiosa paliza, con ribetes demenciales. Los rostros de mis pequeños hermanos al ser obligados por mi madre a acercarles la correa o la manguera, el palo o lo que fuera. Más que el dolor de los golpes, el ver a mis hermanos sentirse instrumentos o cómplices de aquella furia, fue lo que más sentí. Esa furia que ahora comprendo, no era más que la desesperación de vivir una vida que no le correspondía o que nunca quiso.
Siento que de mi infancia fui solo un espectador. Como si se tratase de una mala película, de la que solo recuerdas fragmentos. A menudo me encuentro con personas que guardan gratos recuerdos y que son capaces de describir cada detalle de su niñez como si se estuviesen leyendo un libro de cuentos.
Aún a mis treina años no dimensiono qué secuelas debo tener de aquella infancia. Al margen de los escasos bellos momentos que a son de golpes y gritos fueron deformados, lo mío más que un cuento, es una historia de la que quisiera olvidar hasta el título.




